viernes, 30 de mayo de 2014

Los fragmentos del proyectil. Textos de D. Francisco Onieva y de D. Isidro Molina Naharro



El futuro se construye sobre los escombros del pasado y, a veces, las heridas sin cicatrizar afloran en forma de proyectil de obús.




Sobre los fragmentos oxidados de fundición de hierro se han ido sedimentando los prejuicios, las obsesiones y los intereses políticos hasta deformarlos.




 Mientras sostengo los restos entre mis manos e intento explicarles a mis alumnos que el hombre es el único animal capaz de destruirse a sí mismo y de destruir el planeta, dirijo la mirada hacia la ventana y contemplo las obras de ampliación de nuestro centro.




Enseguida surge la asociación: para poder mirar al futuro con garantías debemos excavar nuestro pasado, dejar al descubierto las heridas y ponerles nombre, pues solo puede existir aquello que se nombra. Este nombrar las áreas en sombra de nuestra existencia no solo tiene una dimensión lingüística, sino también ética.




Y aquí se fractura momentáneamente la confianza en el ser humano, capaz de diseñar un obús que, aunque no cumpliese con su objetivo, estaba destinado a estallar en miles de fragmentos y alcanzar a un adversario sin rostro ni nombre.




En este punto retomo la argumentación de Aristóteles al afirmar que la filosofía es la madre de todas las ciencias. Es la ética la que debe impedir que el progreso se convierta en destrucción, estableciendo los límites que el hombre no ha de traspasar, acotando su inclinación hacia la autodestrucción.




Francisco Onieva   

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Y por  su parte  D. Isidro, nuestro profesor de filosofía escribe: " Si ni el arma más poderosa del mundo podría dar la razón al que la posea, entonces ha de ser la razón la única arma con que podamos combatir a aquélla.


Las bombas y proyectiles buscan la destrucción del contrario, para la propia autoconservación, aunque con ello, debido al inmenso poder que todos compartimos, para enfrentarnos, nos autodestruiríamos a nosotros mismos, en lugar de conservarnos, con lo que ya solo pueden producir la autodestrucción mutua; la razón, si puede poner sentido común en este problema, ha de intentar encontrar con el contrario un interés común en poner las bases de una convivencia digna y libre, para construir una paz duradera que evite la mutua destrucción.


Si las armas no deben tener la última palabra en el ordenamiento de la vida y la libertad de la humanidad, entonces su control, para evitar nuestra autodestrucción, debe estar sometido a una ley de razón que limite su uso a la condición de la protección de la vida y la libertad de todos, de una vida digna para todos, en lugar de servir a la “ley” de la selva, y a la “ley” del más fuerte; y como el poder de aquella ley de razón, que anule el poder destructivo de esas armas, para servir a la construcción de la paz posible, no puede fundarse en las amenazas de los que poseen las armas más poderosas, sino siempre y solo en la fuerza vinculante del reconocimiento libre de la validez y efectividad de las razones que puedan generar leyes que impidan esto, y que hagan posible un orden pacífico entre personas igualmente libres, entonces la razón ha de presuponer siempre que el derecho a exponer libremente las propias razones e ideas, sin miedo a las represalias de aquéllos que vieran amenazado su poder, junto a la obligación de escuchar y de tener en cuenta las razones de los demás, y de someterse a la fuerza de los argumentos de la libertad, y no a la de las armas de la dominación, ha de formar parte de cualquier orden futuro imaginable, porque es condición de posibilidad de la libertad de todos, para que esta libertad vaya concretándose y corrigiéndose a sí misma por medio del desarrollo de la libre razón, y no del poder, porque al igual que este poder amenaza la libertad de la razón, la razón supone siempre una amenaza para el poder de dominar, cuando los que lo tienen no pueden ya usar la razón para ponerla a su servicio.




Si hubiera sido un Dios racional el que hubiera dado, por medio del desarrollo de la razón científico-técnica, el poder de destrucción total a la humanidad, generando un conflicto por la construcción de las más poderosas armas de destrucción, no podríamos entonces llamarlo bueno si no hubiera puesto a la vez en la razón, en su uso práctico moral, los argumentos para ayudarnos a superar este conflicto que nos amenaza a todos, por medio del arma de la palabra que busque las razones que puedan producir el acuerdo sobre lo mínimo exigible para la vida digna y libre de todos, condición de la paz necesaria. 




La fuerza integradora, por aterradora, del poder de destrucción de las armas, ha de dejar paso a la fuerza constructiva de las razones, para generar un orden justo y libre, que pudiera producir la seguridad de relaciones pacíficas, estando la prueba de su fuerza en la justificación de su capacidad para generar las condiciones para una vida digna y libre para todos, y no solo para algunos en contra de la de los otros, siendo lo primero condición de la paz, y lo último condición de la dominación que produce y reproduce el conflicto.


La razón, bajo el principio de imparcialidad, ha de construir una ley que limite el poder de todos a la condición de respetar la libertad de cada uno, y el poder de cada uno a la condición de respetar la libertad de todos, para que de esa igual libertad, limitada por las leyes que puedan protegerla, encauzándola hacia la consecución de una vida digna para todos, pudiera esperarse la ordenación de una paz duradera.



Aunque la razón no lo sea todo, ni todo lo pueda, ella  ha de estar en todo, para que la amenaza de destrucción de las armas no permita a los que las poseen imponer su propia ley, la ley del más fuerte, que no podrá ser nunca la ley de la paz, sino contraria a ella, si podemos suponer que la razón ha sido puesta en nosotros para algo más que para estar al servicio de la fuerza y de la guerra, y puede ayudarnos a oponernos a ellas, y a reconstruir las condiciones de la paz necesaria, debiendo estar siempre entre éstas el desarrollo de la libertad de la razón, si solo en ella podemos hallar la razón de la libertad.

Si la paz duradera no puede, porque no debe, estar basada en la amenaza de la fuerza destructiva de las armas, y de quienes las poseen, entonces solo puede basarse en la fuerza de las razones, y en lo que una ley de la razón nos ha de mandar fundadamente a todos para superar el sometimiento universal a las leyes de los más fuertes, cuando el no sometimiento a aquélla nos pone a todos bajo éstas.




Si no puede esperarse una paz duradera por medio de la amenaza de las armas,  entonces solo el arma de la razón, el de dar argumentos y estar dispuesto a escuchar y a tener en cuenta los de los demás, y a someterse a la fuerza de los de mayor peso, poniéndose en el lugar de todos, y no solo en el de algunos, puede limitar esta amenaza de autodestrucción, para garantizar la construcción de una vida digna y libre para todos, con el fin de realizar una vida pacífica entre todos.
Si el potencial tecnológico no debe tener la última palabra, porque éste amenaza destruir la posibilidad de hablar y de usar razones para buscar el control racional de las armas de destrucción, para que éstas sirvieran siempre y solo a la defensa de la vida digna y libre de todos, y no para construir o conservar un dominio, entonces solo puede encontrarse la posibilidad de su control en el desarrollo de la razón y en el uso de la palabra, para que ese control permita construir una paz duradera y evite la amenaza de la mutua destrucción.
El acuerdo y el diálogo racional sobre lo que es necesario para la paz, la justicia y la libertad de la humanidad no puede fundarse en la amenaza del poder de las armas de unos sobre otros para imponer lo que tomen por bueno, justo y verdadero, porque esto invalidaría el resultado porque el proceso no podría ser imparcial, y convertiría en un sinsentido para cada uno el buscar razones y escuchar las que los demás tienen que dar, en pro de la búsqueda de la superación de los conflictos, si no pudieran esperar de este proceso el acercamiento hacia la paz, al no poder tener la esperanza de que los más poderosos renunciarían al uso de sus armas y se someterían al acuerdo alcanzado, si siempre que al no resultarles conveniente pudieran decir, sin siquiera intentar justificarlo, que no fue conseguido solo con la fuerza de las razones, sino mediante coacciones injustificadas sobre la conciencia y la voluntad de los participantes en el diálogo."

Isidro Molina Naharro

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